​En este nuevo artículo de mi blog El espacio celeste me gustaría hablar sobre el apego y la importancia que éste tiene en nuestras vidas. Todos hemos utilizado esta palabra o expresiones como “estoy muy apegado a…”, “me desapego de…”, etc. Pero… ¿Qué es realmente el apego y por qué es sumamente importante desde que nacemos?

El apego es el vínculo emocional y afectivo que se inicia desde el nacimiento entre el bebé y sus figuras cuidadoras primarias. Este lazo emocional va a repercutir durante toda la vida en como el niño/a (y posteriormente el/la adolescente y el/la adulto/a) se relaciona con los demás, el modo de ver y entender el mundo y como se percibe y siente consigo mismo. El apego está programado biológicamente y es fundamental a la hora de garantizar la supervivencia de nuestras crías y su desarrollo a todos los niveles. El apego está formado por tres patas básicas que son la regulación, la conexión y la exploración.

 

La regulación se refiere a la capacidad de sentir las emociones con una intensidad proporcionada a la realidad, reconocerlas, etiquetarlas y volver al punto de equilibrio de una forma sana. Es fundamental que los cuidadores primarios del bebé, del niño o incluso del adolescente tengan una adecuada regulación para así poder regularles a ellos. A menor edad, más necesitamos que nos enseñen a regular y regulen nuestras emociones, para que así de adultos podamos regularnos solos y a nuestros hijos.

La conexión hace referencia a la capacidad de identificación de las señales que nos da nuestro cuerpo y nuestra mente, tanto de necesidades físicas como emocionales y propias o del otro, para así poder cubrirlas. Para que de adultos sepamos cubrir esas necesidades, nuestros cuidadores tuvieron que identificarlas, validarlas y cubrirlas. En caso contrario, difícilmente podremos cubrirlas de mayores y mucho menos poder llegar a cubrirlas a nuestros hijos.

La última de estas patas, pero no por ello menos importante, es la exploración. Este concepto hace referencia al aprendizaje. Para poder aprender en las distintas etapas vitales, desde comer solos, leer, hasta salir con los amigos y explorar la sexualidad, los cuidadores han tenido que permitirnos poner en práctica nuestras capacidades en un entorno seguro pero estimulante.  Nuestros cuidadores tuvieron que ser nuestra base segura, tuvieron que haber disfrutado y haberse alegrado con nosotros de nuestra exploración, así como habernos ayudado cuando lo necesitáramos.

¿Qué pasa si nuestros cuidadores lo hicieron de otra manera?

Dependiendo de las capacidades y recursos de nuestros cuidadores en la infancia, de su propia historia vital, o de factores externos adversos o protectores, en la edad adulta tendremos un estilo de apego u otro. Distinguimos tres tipologías de apego que son las siguientes: apego seguro, apego inseguro (evitativo y ansioso) y apego desorganizado.

 

  • Apego seguro: Este es el modelo de apego sano. Se desarrolla cuando los padres o cuidadores principales son capaces de responder adecuadamente a las señales físicas y emocionales del niño/adolescente, de regular sus emociones y permiten una exploración sana y segura. Las personas con este tipo de apego son capaces de regularse adecuadamente, desarrollando relaciones interpersonales saludables y satisfactorias, tanto a nivel profesional como social y sentimental. Además, son capaces de “explorar” solos y en compañía de los demás, pidiendo ayuda cuando lo necesitan. Como resultado, tienen una autoestima sana, sintiéndose queridos y son capaces de querer a los demás.
  • Apegos inseguros: El apego inseguro se origina cuando los cuidadores primarios no son capaces de responder adecuadamente a las señales físicas y emocionales del bebé, tienen dificultades para regular sus emociones o no les permiten realizar una exploración adecuada, bien sea por defecto o por exceso. Cabe resaltar que determinadas vivencias traumáticas sufridas en la infancia pueden influir en el desarrollo de un apego inseguro, aunque los padres hayan sido suficientemente buenos cuidadores. Como ejemplos de vivencias traumáticas en la infancia podemos citar hospitalizaciones largas, fallecimiento de un cuidador o el nacimiento en medio de un duelo, problemas graves de salud en los cuidadores, etc. Dentro de los apegos inseguros distinguimos dos tipologías distintas:
  • Apego evitativo-distanciante: Este apego se origina cuando los cuidadores reforzaron determinadas emociones al mismo tiempo que extinguían otras, no atendiendo realmente las necesidades emocionales del niño/a, sin conectar con ellas ni saber interpretarlas. Las personas con este tipo de apego poseen un exceso de regulación emocional y tienden a no percibir la desregulación.

Además, suelen tener fallos en los sistemas de conexión, de tal forma que no captan las necesidades emocionales tanto propias como ajenas, estableciendo relaciones superficiales y sintiéndose agobiados o invadidos cuando se les reclama una mayor implicación emocional. A la hora de explorar, les cuesta pedir ayuda y prefieren hacer las cosas por sí mismos, soliendo tener una alta autoestima. En este tipo de apego se observa un alto grado de somatización física.

  • Apego ansioso-preocupado: Este tipo de apego se origina cuando los cuidadores no pueden regular las emociones propias ni las del niño. De hecho, están más pendientes de sus propias emociones que de las emociones del niño. Los adultos con este tipo de apego están excesivamente conectados con sus propias necesidades y emociones, de modo que tienen mucho miedo, preocupaciones y un alto grado de ansiedad, al tener un umbral de tolerancia muy reducido.

En la exploración, sus cuidadores no les permitieron explorar de forma autónoma, proyectando en muchas ocasiones sus miedos e inseguridades sobre el niño/adolescente, teniendo notables dificultades para explorar de forma independiente en la edad adulta. Además, las personas con este tipo de apego manifiestan una baja autoestima y un alto nivel de inseguridad, desarrollando relaciones interpersonales dominadas por el miedo, la angustia y la preocupación por la ruptura del vínculo, volcándose en las personas y sintiendo miedo cuando se les demanda una mayor independencia. Suele provocar dependencia hacia las personas.

  • Apego desorganizado: El apego desorganizado surge cuando los cuidadores trasmiten confusión e inseguridad en el niño. Haga lo que haga, el niño no puede predecir la respuesta de sus cuidadores. Ante una misma situación, la respuesta de los cuidadores puede ser completamente opuesta. De esta manera, puede que unas veces los cuidadores castiguen o ejerzan violencia físico-psicológica sobre el niño/adolescente, mientras que otras veces, en la misma situación, puede que no haya repercusiones o incluso el infante obtenga un refuerzo positivo, generando en el niño sensaciones de incertidumbre, miedo y falta de coherencia. El apego desorganizado también se produce por cuidadores negligentes, demasiado intrusivos (sobreprotectores en exceso), y por cuidadores maltratadores (físicos, emocionales o ambos).

En este tipo de apego, hay muchas vivencias traumáticas y por tanto, disociación, de la cual hablaré en otro artículo. Si queréis ampliar información sobre el trauma, podéis leer mi artículo El trauma psicológico: Las heridas del alma (I), publicado en este mismo blog.

Todas estas vivencias acarrean diversas consecuencias, como trastornos de personalidad, trastornos alimentarios o adicciones, entre otros. Además, las personas con este tipo de apego tienen dificultades en su regulación, utilizando estrategias disfuncionales y dañinas, tanto para ellos mismos como, en ocasiones, también para los demás, si bien no siempre tiene porqué ser así. Las personas con este tipo de apego, pueden tener mecanismos evitativos y ansiosos a la vez.

También manifiestan dificultades en el control de impulsos y en las relaciones interpersonales, resultándoles muy difícil establecer relaciones sanas. Las personas con apego desorganizado sienten necesidad de vincular, pero cuando lo hacen o están muy próximo a ello, sienten miedo, agobio, angustia y suelen alejarse, para luego volver otra vez a acercarse. Además, en las relaciones sentimentales suelen situarse de una manera desequilibrada, otorgando a la otra persona la responsabilidad casi plena de su bienestar-malestar, o en el otro polo, ejerciendo de salvador de su pareja, ejerciendo el control o responsabilidad.

Como he explicado, el apego es algo básico para interpretar el mundo que nos rodea y relacionarnos con él, yo lo llamo el “pegamento de la vida” porque sobre estos cimientos, se construye todo lo demás y depende de lo sólido que sea, el edificio de la vida se construirá de una manera o de otra. Si bien es importante destacar, que el trabajo terapéutico permite una reparación del apego, introduciendo nuevos patrones de comportamiento y relacionales, así como cambios en la concepción del mundo, de los demás y de uno mismo.

También cabe decir que las tipologías de apego no son compartimentos estancos, y es que una persona no tiene por qué cumplir completamente con las características de su tipología de apego predominante, cada persona es un mundo y tiene una historia vital diferente, por eso, es importante identificar como nos vinculamos para poder sanar o reparar ese pegamento de nuestra vida sin culpabilizar ni enjuiciar el apego que hemos recibido de nuestros cuidadores.

Gema Chaparro
Psicóloga sanitaria, Clínico E.M.D.R. y Directora de Vitamorfosis Psicología


BIBLIOGRAFÍA
Delgado, A. O., & Oliva Delgado, A. (2004). Estado actual de la teoría del apego. Revista de Psiquiatría y Psicología del Niño y del Adolescente4(1), 65-81.
Marrone, M., Diamond, N., & Juri, L. (2001). La teoría del apego: un enfoque actual. Madrid: Psimática.