Desde el pasado marzo de 2020, la vida nos cambió a todos para no volver a ser la misma, y es que todos hemos sufrido el impacto de vivir algo que nunca habíamos experimentado: desde el confinamiento alejados de cualquier contacto social, hasta vivir fallecimientos de seres queridos sin poder siquiera despedirnos de ellos, todo ello en medio de una situación de incertidumbre económica, laboral, sociosanitaria y emocional, una situación desconocida para todos, incluso para los profesionales y expertos.

 

En este artículo, me gustaría centrarme en las consecuencias a nivel psicológico y emocional que esta situación, en mayor o menor medida, está generando en todos nosotros y poder plantear ciertas estrategias para intentar minimizarlas.

 

Una de las consecuencias más representativas de esta pandemia mundial es el miedo, que lleva en casos extremos a un aislamiento casi total, no teniendo ningún contacto con el exterior salvo para lo imprescindible, a la vez que genera problemas de ansiedad y depresión por el miedo tanto al contagio propio como al de nuestros seres queridos. En el otro polo podemos encontrarnos con personas que, como mecanismo de defensa, minimizan los riesgos de exposición a este virus tan peligroso y, en consecuencia, se protegen menos, tomando una actitud temeraria al exponerse tanto a ellos como a su entorno.

 

Pero sin duda, uno de los aspectos más duros y complicados, sobre todo en épocas tan señaladas como las navidades, es la soledad y la falta de contacto físico y emocional con los nuestros. Este problema lo sufrimos todos, pero especialmente afecta a  niñ@sadolescentes y personas mayores, así como colectivos en riesgo tales como personas con enfermedad mental grave, trastornos de personalidad y diversidad funcional, en los cuales me enfocaré más adelante.

 

Para los niñ@s, la privación o el retraso en unas primeras fases de conocimiento y contacto con el mundo exterior puede generar consecuencias en su desarrollo cognitivo, afectivo y emocional, ya que necesitan jugar, explorar, conocer etc. y dar sus pequeños primeros pasos en el mundo exterior, por supuesto animados y acompañados por sus figuras de referencia para cuando necesiten de ellos.

 

En el caso de los adolescentes, la importancia del grupo como signo de pertenencia es clave para el sano desarrollo de su personalidad y su madurez emocional. La privación del contacto con sus iguales y de la exploración del mundo exterior puede generar sentimientos de frustración, desconexión, soledad y vacío, acarreando problemas de ansiedad, relacionales y afectivos.

Por último, la vulnerabilidad y cierta dependencia que experimentan las personas mayores les convierte en otro de los grupos más afectados por el aislamiento de la pandemia. Hemos de tener en cuenta que la tercera edad necesita de un mayor apoyo y soporte físico-emocional por la pérdida de facultades y la mayor labilidad emocional que ello conlleva. Por ello, esta privación del contacto con sus puntos de apoyo familiar y social supone una desprotección y vulnerabilidad, además de intensos sentimientos de soledad.

En estas circunstancias de incertidumbre y desconcierto en la que nos movemos actualmente, se hace imprescindible visibilizar y proporcionar un especial apoyo a estos grupos más sensibles a las consecuencias de la pandemia.

Estas son algunas sencillas estrategias y recursos que propongo para minimizar los efectos que hemos mencionado anteriormente:

  • Ser conscientes de la realidad que nos rodea, aceptando que no podemos controlarlo todo y que en cualquier interacción social estamos asumiendo un mínimo riesgo que no podemos evitar. Somos seres sociales, y como tal, necesitamos del contacto con otros para poder mantener una adecuada salud mental.

 

  • Con respecto a los niñ@s, señalar que ellos necesitan explorar de manera controlada el exterior, por lo que, además de asistir presencialmente al colegio, debemos buscar espacios al aire libre en los que puedan jugar y relacionarse con otros niños, para así desarrollarse de manera sana, siempre cuidando las medidas sanitarias de precaución.

 

  • Comprender la mayor necesidad de uso de las nuevas tecnologías por parte de los adolescentes para minimizar la falta de contacto social. En estas circunstancias es necesario ser más flexibles y permisivos en este ámbito, pues en las situaciones de confinamiento como la que hemos vivido este año, las redes sociales han constituido la única forma de vinculación con sus semejantes. Además, hemos de permitirles relacionarse físicamente con sus iguales o grupo de amigos en la medida de lo posible y siempre cumpliendo con las medidas de seguridad, pues como he explicado constituye un aspecto clave para el sano desarrollo en esta fase vital.

 

  • En el caso de los ancianos, es importante mantener un contacto frecuente con ellos, aunque se prioricen métodos como la videollamada o llamada telefónica. No hay que olvidar que, aunque sea ocasionalmente, necesitan compartir un espacio físico con sus seres queridos, pues el contacto directo es imprescindible para su mantenimiento cognitivo y su salud mental.

 

Para concluir, me gustaría señalar que la emoción de miedo es normal y natural, cumpliendo una función adaptativa de protección ante el peligro. No obstante, como ya he indicado anteriormente, hemos de comprender que no existe una seguridad plena, y que en cualquier contacto que tenemos con el mundo exterior estamos asumiendo un mínimo riesgo, necesario para poder llevar a cabo una vida plena y satisfactoria, dentro de las limitaciones que esta nueva normalidad y el COVID-19 nos están imponiendo, aceptando que nuestras vidas habrán cambiado para siempre.

 

Gema Chaparro
Psicóloga Sanitaria, Clínico E.M.D.R y Directora de Vitamorfosis Psicología