«Siempre termino con personas que me hacen daño.» Es una frase que muchas personas llegan a decirse después de varias relaciones complicadas o tóxicas. A veces cambia la pareja, pero la historia se repite: personas emocionalmente poco disponibles, relaciones marcadas por la inseguridad, miedo al abandono, conflictos constantes o una sensación de estar dando mucho más de lo que se recibe.

En este artículo de mi Blog El Espacio Celeste, analizamos porque repetimos patrones de relaciones que nos hacen daño.

¿Por qué entonces repetimos relaciones que nos hacen daño?

La respuesta no es sencilla ni única. No existe un único motivo y, desde luego, es importante aclarar que no que una persona no elige conscientemente sufrir. Nuestras experiencias anteriores, la forma en que hemos aprendido a relacionarnos, la autoestima, la regulación emocional y los patrones de apego pueden influir en aquello que buscamos, toleramos o interpretamos dentro de una relación. En algunas personas también pueden intervenir experiencias traumáticas relaciones tempranas marcadas por la inseguridad.

Otra de las explicaciones es que las personas podemos sentirnos atraídas por dinámicas que, aunque no sean saludables, nos resultan conocidas. Esto no significa que «nos guste sufrir», sino que nuestra historia vivida influye en aquello que esperamos de una relación y en la manera en que interpretamos determinados comportamientos. Es decir, si alguien ha aprendido desde niño/a que el afecto es impredecible o que tiene que esforzarse para conseguir atención, que expresar sus necesidades puede provocar rechazo, llaga a la edad adulta con eso aprendido y por tanto, con determinadas expectativas sobre las relaciones.

El papel del apego en nuestras relaciones

Es importante el papel que juega todo esto el apego (véase el art el pegamento de la vida), en la manera en que establecemos vínculos emocionales y buscamos seguridad en las relaciones. Determinadas tendencias de apego influyen en cómo respondemos ante la cercanía, el rechazo, los conflictos o la posibilidad de perder a una persona importante.

Por ejemplo, una persona con apego ansioso puede experimentar un fuerte miedo a ser abandonada y necesitar constantes muestras de afecto y seguridad. Ante señales ambiguas, puede interpretar que la relación está en peligro y esforzarse todavía más por mantenerla. En cambio, alguien con apego evitativo, puede sentirse incómodo/a ante una excesiva cercanía emocional y aprender a protegerse tomando cierta distancia.

¿Qué relación tiene el trauma con estos patrones?

Las experiencias traumáticas pueden afectar a la manera en que una persona interpreta el peligro, regula sus emociones y establece relaciones de confianza. Cuando el trauma se produce dentro de relaciones significativas (por ejemplo, mediante abandono, maltrato, rechazo, control o negligencia), puede resultar especialmente complejo, porque la persona que debería proporcionar seguridad se convierte también en una fuente de miedo o incertidumbre. En estos casos pueden aparecer estrategias de adaptación como la hipervigilancia, la dificultad para confiar, el miedo al abandono o la tendencia a interpretar determinadas situaciones como amenazantes.

Imagen de una persona de espaldas, siendo abrazada.

Cuando confundimos intensidad con amor

Otro patrón que puede aparecer en algunas relaciones es la confusión entre intensidad emocional y vínculo saludable y esto es algún muy común en la sociedad actual, que frecuentemente nos hace ver que las relaciones más intensas son mejores. El bienestar dentro de una pareja también tiene que ver con la seguridad, el respeto, la comunicación, la reciprocidad y la posibilidad de expresar necesidades sin miedo.

Por contrapartida, los comienzos muy intensos, las reconciliaciones después de grandes conflictos o la alternancia entre momentos de cercanía y distanciamiento, pueden generar emociones muy fuertes, pero no saludables. Cuando hemos aprendido a asociar el amor con la incertidumbre o con la necesidad constante de demostrar nuestro valor, una relación tranquila puede llegar a parecernos extrañamente «vacía» o poco emocionante.

La autoestima también importa

La manera en que nos valoramos puede influir en aquello que estamos dispuestos a aceptar dentro de una relación. Cuando existe una autoestima frágil, podemos llegar a pensar:

  • «No encontraré a nadie mejor.»
  • «Tengo que esforzarme para que me quieran.»
  • «Si esta relación termina, será porque no soy suficiente.»
  • «Quizá estoy pidiendo demasiado.»
  • «Es mejor tener esta relación que estar solo.»

Estos pensamientos pueden dificultar que reconozcamos situaciones que no nos hacen bien o que pongamos límites.

¿Cómo romper un patrón de relaciones que nos hacen daño?

El primer paso no consiste en preguntarnos qué tenemos «mal», sino en observar el patrón. Podemos empezar haciéndonos algunas preguntas:

  • ¿Qué características se repiten en mis relaciones?: No solo quiénes son nuestras parejas, sino también cómo nos sentimos con ellas.
  • ¿Qué ocurre cuando alguien se acerca emocionalmente?: ¿Sentimos tranquilidad o necesitamos constantemente confirmaciones?
  • ¿Qué comportamientos toleramos aunque nos hagan daño?: Reconocer nuestros propios límites puede ayudarnos a comprender qué estamos normalizando.
  • ¿Qué buscamos cuando iniciamos una relación?: A veces buscamos seguridad; otras, validación, intensidad o la sensación de ser necesarios para alguien.
  • ¿Cómo reaccionamos cuando una relación termina?: Observar nuestras emociones y comportamientos puede proporcionar información valiosa sobre nuestras necesidades y nuestros patrones relacionales.

Otro punto importante es el evitar culpabilizarnos en vez de entender de donde vienen nuestros patrones. Es importante entender que las estrategias que desarrollamos a lo largo de nuestra vida, suelen tener un sentido dentro del contexto en el que aparecieron. Por ejemplo, una persona que aprendió a complacer a los demás para evitar el rechazo, probablemente no estaba tomando una decisión consciente de convertirse en alguien complaciente, estaba aprendiendo una manera de protegerse y mantener sus vínculos. El problema aparece cuando una estrategia que pudo resultar útil en el pasado continúa condicionando nuestras relaciones actuales.

La terapia psicológica puede proporcionar un espacio seguro para identificar estos patrones, comprender su origen y desarrollar formas diferentes de relacionarnos. En personas con historias de trauma complejo, las propias relaciones pueden haber influido profundamente en la confianza, la percepción de uno mismo y la manera de establecer vínculos.

Conclusión

Preguntarnos «¿por qué repetimos relaciones que nos hacen daño?» puede abrir una puerta hacia un conocimiento más profundo de nosotros/as mismos/as.

Nuestros patrones emocionales no aparecen de la nada. Pueden estar relacionados con nuestra historia, nuestras experiencias de apego, nuestra autoestima, la forma en que hemos aprendido a gestionar las emociones y con experiencias traumáticas.

Comprender estos patrones no significa justificar relaciones dañinas ni responsabilizarnos por aquello que otras personas nos hicieron. Significa recuperar la posibilidad de elegir de una manera más consciente. Porque nuestro pasado puede influir en la forma en que nos relacionamos, pero no tiene por qué determinar todas nuestras relaciones futuras.

Gema Chaparro
Psicóloga Sanitaria, Clínico EMDR y Directora de Vitamorfosis Psicología

Hasta que no hagas consciente lo inconsciente, este dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino. Carl Gustav Jung

 

Bibliografía

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